La otra mañana estaba desayunando en un bar de bocadillos y no pude evitar escuchar la conversación que mantenían en la mesa de al lado un grupo de tres barrenderas que habían aparcado sus carritos en la puerta. Sentadas en el bar, con sus uniformes verde fluorescente, son como tres pistoleros en un saloon del oeste. La que habla todo el rato tiene pinta de sindicalista y no para de agitar el brazo que le queda libre, porque en la otra mano tiene un bocadillo entero. Ella es de las que cuando come no anda con tonterias de ofertas de medio bocadillo y café con leche, no, ella se pide uno entero. Sus compañeras, que la escuchan como el que oye llover, ponen cara de nada mientras se concentran en cada mordisco. La líder sindicalista se queja de que le toca hacer una calle que está llena de árboles, y que claro, ahora, en otoño, no para de recoger hojas secas. Y que esto en Noruega no les pasa a los barrenderos, porque se ve que allí cuando llega el otoño les dan vacaciones de barrer las hojas. Y yo pienso que si esto es verdad a los noruegos les debe gustar como queda el efecto, porque si no, no lo entiendo. Pero da igual, ella habla como si estuviese muy informada, como si hubiese estado en el Congreso europeo de Barrenderas sin fronteras en Oslo, y sus compañeras abren los ojos, no de asombro sino diciéndose: pero de qué va esta gilipollas. La sindicalista sigue hablando, porque ella tiene cuerda para rato. Y de ahí salta a que claro, que en un país tan cívico como Noruega, donde te ponen una multa hasta por cruzar en rojo, pues claro que no hay ni un papel en el suelo y que todo está limpio como los chorros del oro. Y claro, entonces ya lo entiendo, a los noruegos cuando llega el otoño les apetece un poco de suciedad. Y a la líder sindicalista le apetece irse a trabajar una temporada a Noruega.
Dejo a las barrenderas con sus bocadillos y me voy a casa de unos clientes de esos que tienen asistenta de limpieza. Una sudamericana un poco rolliza que más que caminar se bamboleaba. El cliente en cuestión está muy ocupado, tiene que marchar y me deja tomando las medidas para hacer una habitación para su hijo. Al poco de irse, lo primero que oigo es el sonido de las zapatillas de la asistenta caminando por el comedor, y el sonido del televisor. Al instante reconozco que está viendo una telenovela, el acento que me cuesta reconocer pero los diálogos que sé que solo pueden pertener a lo que aquí se llama culebrón. Yo sigo con lo mío, y la asistenta con lo suyo, que es ver la novela cuando el señor se va. De fondo me llegan diálogos imposibles de personajes que entiendo están en las vísperas de la celebración de una boda, por lo de la prueba del vestido de novia y todo eso. El argumento es de tragedia griega, el padre le confiesa que el que va a ser su futuro marido es en realidad su hermano porque cuando era joven tuvo una aventura con la que ahora es su suegra. En el intermedio me viene la asistenta a la habitación y me dice que qué iba a hacer con la habitación. Yo le digo que poner más muebles para guardar más cosas. Y ella se exclama: para poner más cosas!!! Dios mío!! Tendré que limpiar más..., lo que tienen que hacer es tirar todos estos trastos que tienen. Yo me callo, pero pienso que vaya con la asistenta, pocas ganas de trabajar tiene. Esta se podría ir a barrer a Noruega con la otra también. Acabo mi trabajo y me voy, pensando que a nadie le gusta trabajar, y a mi tampoco, y que es lo mismo en cualquier lugar, aquí y en Japón.
*Las hojas caidas, y de hecho los árboles caidos completos, son el suelo de los bosques futuros. Esta materia orgánica es crucial debido a que contiene los nutrientes que eventualmente serán reincorporados en el suelo. También es importante en un estado parcialmente descompuesto ya que las hojas y maderas que se están pudriendo son capaces de almacenar humedad, como esponjas, y ayudan a que el suelo forestal retenga el agua de lluvia. Sin la materia orgánica de árboles y otras plantas del bosque, el suelo sería apenas rocas y arena.
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